Nuestros primeros pasitos en busca de una infancia más justa...allá por 2011
CEIP LA CHANCA
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Hay barrios que imprimen carácter y maestros comprometidos que ponen al servicio de sus alumnos el pensamiento crítico, la alfabetización mediática para hacer “ciudadanos”. Desde el colegio público de La Chanca trabajan maestras que son auténticas creativas en producción audiovisual. Para el Día de la Mujer, Ana González Grano de Oro Perales, nacida en 1981, y su compañera Aurora Bolívar preparan un audiovisual con algunas de las madres de los niños de La Chanca. “Nuestra idea es mezclar la fuerza de la mujer con la integración cultural en el barrio. Son tres madres las que salen. Una vecina paya, una vecina gitana y otra musulmana. El lema del audiovisual es en La Chanca habita una mujer con muchos rostros”.
Ana Grano de Oro Perales
Las dos profesoras me recibieron en clase mientras encargaban tarea a los alumnos. “Fíjate en los más grandes, Bilad e Ismail, ambos de 14 años, que trabajan con las matemáticas mientras suena suavemente la voz de Camarón como homenaje a Andalucía mientras en otra sala ofrecen un audiovisual sobre el Sur”. Profesoras y alumnos se organizan en el patio del Colegio Público de Primaria e Infantil para poder abrir la puerta. La valla que rodea al centro protege de los “cacos”. Sólo el pasado año perdieron una treintena de ordenadores y diverso material escolar.
Ana ha llevado la fama de su padre, el líder del mítico grupo Los Puntos, Pepe González Grano de Oro, con naturalidad y labrándose un futuro independiente. Del padre aprendió el amor por la naturaleza y el mar. De la madre, el pensamiento crítico. Admira a su hermana Isabel, que “me anima a seguir luchando, soñando, para comerme el mundo”.
Más corazón que conocimientos escolares
Ana reside en Retamar y el tiempo libre lo dedica a la creación audiovisual, su gran pasión, y al cuidado de sus dos perros. Educada en la serenidad del mar de Villaricos, frente al restaurante del gran Tadeo, y, últimamente, en Las Negras por razones sentimentales, Ana hace un esfuerzo por reinventarse cada día. “Mi labor pedagógica comienza en mí mismo porque tengo que cambiar algunos de mis valores interiores porque tengo que darle prioridad a lo emocional. De hecho pienso que para trabajar en un colegio diferente tienes que poner mucho más corazón que conocimientos escolares. En La Chanca además del conocimiento de las matemáticas es, a veces, más importante un abrazo o un gesto de cariño”, destaca esta diplomada en Magisterio de Educación Especial por la Universidad de Málaga.
Como a todos los profesionales les preocupa el absentismo escolar. “A mi compañera Aurora Bolívar le gustaría llevar a cabo un proyecto para erradicar el absentismo con la implantación de reglas por parte de los propios niños mayores para traer a los peques y en pequeños grupos venir al cole, un proyecto original”. En ese sentido les ofrecen alicientes y animan a los niños muy comprometidos con su formación que van solos. Ellos mismos se asean y se preparan el desayuno y el bocadillo sin que nadie los levante de la cama. “Va prendiendo entre primos y otros niños, pero todavía nos falta mucho, sobre todo con los padres, que no colaboran en la educación de sus hijos, y no es por ignorancia, sino por despreocupación total, sin ser conscientes de la herencia que dejan”.
La profesora es una rebelde que combate la injusticia allí donde aparezca. Se pone seria: “Hay niños que jamás tendrán carné de conducir o que no podrán leerles un cuento a su hijo, y esto es muy triste”. Como ya se demostró con profesores comprometidos, como Juan José Ceba o el anterior director, el bedarense Pedro García, La Chanca imprime carácter a todos los profesionales.
Absentismo
Pese al absentismo hay padres muy involucrados y volcados con las actividades del centro desde el Consejo Escolar y participan en actividades, destacando las madres en las obras de teatro que se escenifican. “Ahora me viene a la memoria la actividad que organizamos con un vídeo sobre el Bicentanario de La Pepa y nos encontramos una profunda colaboración de familias enteras del barrio con el aspecto de que los niños aprendieron derechos y deberes sobre temas tan de actualidad siempre como el trabajo, el derecho a una vivienda, educación, etc. Todo esto tiene mucha importancia en La Chanca. Lo primero que te planteas es alegrarles la vida, motivarlos y que vengan al colegio de la mano para aprender jugando, pero que sepan evitar las injusticias”.
Audiovisual
Tanto Ana como Aurora son profesoras que aman y contribuyen a saber interpretar la imagen. Quieren ciudadanos críticos. La edición de videos le sirve, también, para buscar la sonrisa de niños que ven cómo a sus casas no llega ni un solo euro.
A Ana, algunos amigos le llaman Anita dinamita. Cuando la celebración del Día de la Paz, se elaboró un bizcocho especial en el que los niños fueron protagonistas, arrancando frases alusivas a la solidaridad. Nueces para el corazón... Hubo referencias a Goytisolo o a Sensi Falán, la artista que todos admiran. Son profesores que inculcan valores y conocimiento porque en el futuro serán adultos “que solucionarán conflictos”. “Tenemos la fortuna de contar con una gran profesional”, dice Grano de Oro, “como mi compañera Aurora, que lleva el flamenco en las venas, y eso contribuye al éxito profesional con unos niños que encuentran una delicia para aprender”.
Hace no mucho tiempo, una persona admirable para mí despertó un grito pedagógico en mi interior al referirme la andadura de sus sueños con las siguientes palabras: “La tierra que queremos sembrar bailando”.
Siempre hay alguien o algo que me inspira a escribir cualquiera de mis artículos, y éste en concreto, se lo debo a esa fuente de inspiración que esas palabras suyas produjeron en mí como maestra.
Maestra, ¿y cómo se siembra una escuela bailando? –podrían preguntarme mis peques ahora mismo, dudando, probablemente, si su maestra se ha vuelto loca-.
La única forma de construir mi escuela partiendo de la danza viva de las sonrisas, no es otra que dando voz a quiénes darán vida a ella, en su día a día. ¿Es que acaso un niño no merece opinar sobre cómo deberían ser construidas las escuelas que ellos habitan?
Quiero una escuela en la que la ilusión de un niño orientándonos en su construcción sea más necesaria que las manos de los adultos que la estemos construyendo.
Quiero una escuela en la que las manos de los niños sean las que pongan el primer ladrillo, simplemente porque ellos decidieron que se debía empezar por ahí. A partir de entonces, cada uno de ellos, con su infancia y sus sonrisas…¡que ayude felizmente en lo que pueda!. ¡Qué bonito sería entrar a mi clase, siendo niña, y sentir que el decorado de esa pared, o el color de esa estantería con libros, lo elegí yo!.
El contacto con la naturaleza sería condición indispensable para elegir el lugar donde llevar a cabo nuestro sueño, el mío, el de mis maestros y amigos, y por supuesto, el de los niños que le darán vida a ese sueño. Siempre me recordaré leyendo un cuento a mis alumnos de la escuela de la colonia de Villa de Guadalupe, en El Salvador, en la que carecíamos de paredes, de aseos, de mesas y sillas individuales, pero teníamos unas preciosas palmeras que rozaban nuestros cabellos mientras escenificábamos a los personajes de esa lectura que yo les acababa de leer, mientras una familia, al mismo tiempo, estaba siendo testigo irremediablemente (la puerta de su casa daba a la pista de
Aurora Bolívar 2
cemento en la que dábamos clase) de lo que allí estaba sucediendo. Aquí todo queda de puertas para adentro y allí la educación se salva porque todo se siembra de puertas para afuera.
Quiero una escuela para la vida y la sonrisa, para el aprendizaje y para el juego, para la reflexión y la investigación, para no contar tanto, sino dejar que descubran por sí mismos lo que les empezamos a contar aquel ratito. Quiero, sobre todo… una escuela para el humanismo en su más pura esencia infantil.
Quiero una escuela en la que la música sea nuestro amanecer y nuestro atardecer. Una escuela en la que las notas musicales de las numerosas melodías que tocan el alma, sean descubiertas y compartidas de un niño a otro, y se las recomienden como recomiendan sus libros favoritos.
NO quiero maestros, quiero personas capacitadas para enseñar lo que aman, para enseñar a los niños a amar eso que ellos aman. Pero sobre todo, quiero personas con altas capacidades intelectuales…sólo medibles con un coeficiente intelectual: el de la inteligencia emocional (I.E.)
Quiero, quiero, quiero…quiero tanto una escuela para la vida, que de nada me sirve soñar con ella si ese sueño no va cogido de la mano de cada uno de mis maestros, mis soñadores y altruistas de corazones que en ella quieran trabajar. Y no altruistas porque el sueldo no sea lo importante, sino porque sientan, como yo, que el sueldo es lo menos importante, porque si no tuviéramos para comer, las últimas energías las gastaríamos asistiendo a nuestra escuela, para morir alimentados del único pan que nos quedó: la sonrisa de un niño que aprende feliz.
Sólo así, podría algún día construir la escuela que mi historial de alumnos y alumnas me piden cuando les invito a soñar con la autoconstrucción de la escuela de sus sueños. Sólo escuchando sus blancas y soñadoras voces, podríamos hacer bailar a nuestro corazón cada mañana al trabajar, y cada día al despertar.
Sólo por ellos, me merezco como maestra el derecho de soñar, construir y bailar eternamente… con mi escuela de la libertad.
¡Cuánto me queda por leer y estudiar! para que algún día, ojalá algún día, esto pueda llegar.
Con cariño,
Aurora.